La tierra después del mar.

—Me gusta el camino.
—Me gusta confundirme.
—Me gusta carecer del mapa.

Tú construyes el cartógrafo, tu pintas las líneas para regresar a casa. Tú, eres basto, tú eres. Tú eres la historia. Tú eres el recuerdo. Tú eres la memoria olvidada, la melancolía, la desgracia de no saber, de perder las ideas, las fotografías, las imágenes, la esencia, la historia. Perdemos la historia, carecemos de sentido, somos fieles vulnerables a irnos, sin decir adiós.

No le dije que la quería. No te dije «te quiero». No te dije que te adoraría. No me acordé de tus ojos, ni de tu piel. No me acordé que estabas pintada como con un pincel, suavemente, tersa, oscilando. Eres, la pintura, el cuadro colgado en mi cuarto. Pintura de óleo, pinturas, eres, aceite, color, partituras castañas, dejos de otoño, viento, cielo celeste. Yo soy mi propio demonio. Eres, sin ropa, los escritos que quedaron en el desván, ya viejo, cuando escribía, sin poderme acordarme de ti, sin poder recordar, sin poder hallar entre los tejidos de mi memoria la reconstrucción de tu rostro. Pronto, muy pronto fuiste y te convertiste en un acertijo sin poder resolver, uno que me llevó a viajar por todas las américas, por europa y por asia, por la tierra, por el mundo, por el universo, por la fe y por último la esperanza, una que me dejó boquiabierto exigiendo más aire, para poder respirar, para poder vivir. 

No supe que me querías. No supe que estabas enamorada de mí. No supe registrarte. Yo vislumbraba otra cosa, respiraba otro aire, me iba con el viento hacia otros confines, no hacia a ti. Y cuando pasa el tiempo, y cuando envejeces, te das cuenta que todo estaba allí, en el mismo lugar, en frente, siempre, al lado, exigiendo, inhalando, respirando, pintando, con furia y enojo, impotente ante la vil vergüenza de que aquel amado que se quedó sin vista a tan temprana edad. Era el ciego, el que se perdió los momentos, los instantes de placer, de los primeros versos, de los besos inocentes, de la sexualidad y su madurez, ante ese cuerpo, ese cuerpo que mostraba la misma sapiencia y hambre de aprender a sentir con el paso del tiempo. 

La mirada del viejo estaba en el horizonte, con las plantas a su alrededor, el sol cobijando, en su mecedora. El viejo, ya no tenía papeles ni pluma en mano. El viejo, contaba fotografías en su cabeza, de aquellos momentos, sin poderlos recrear por completo, en el mar de imágenes, en el océano de la información, la inmensa cantidad de letras, de historias, que ya no sabía quién era, ni qué autor podía ser entre los miles, los cientos de ideas. No figuraba, no se podía definir, si habría sido uno u otro que escribieron tal o cual historia, si pudieron ser un personaje, uno que deambulaba en su mente, que había crecido con ella, a la qiue no le dijo «te quiero», a la que no le fijó atención a sus ojos; a la que a propósito le mostró indiferencia, orgullo y desprecio. Esa misma, a la que con los años le despojaron de sus ropas para enmendar los años del olvido, de las palabras que tardaron en nacer. Aquella de belleza clásica, aquella de otra historia, de otras palabras, de otra fuerza, que siempre quiso, que siempre anhelo estar con él, con el mismo que ahora no recuerda. 

No se había dado cuenta, ante el paso del tiempo, cayó en su regazo, y apagó la ira que habitaba en ella, la fiereza que le confundió durante tantos años, en tantos pasajes, tantas miradas al suelo, el despecho, la energía que gastaba teniendo sexo con otros, con más hasta sentirse saciada, pero sin ningún éxito, sin ninguna respuesta, sin nunga premisa, sin ningún señuelo, esperanza de sentir alivio algún día. Algún día, en que la historia presentara al que muere, al que se desvanece, al que ya pronunciar oraciones no puede. 

Pensaba en él, justo en el momento cuando tenía presión por casarse. Tanto que no pudo que se redimió ante el miedo, y lo quiso perder todo antes de la pequeña esperanza de saber la respuesta ante su plegaria con aquel hombre que le desconocía, que ni quería saber de ella, que no la tenía contemplada en su cartógrafo, en su mapa, en su plan de vida. Y ella, cambió la ruta, el destino, la fuerza, las palabras. Le tendió su cobija en el piso, emanada de amor, de sus ganas, vulnerable, sensible, humilde para que el hombre le quitara de sus ropas, le descubriera desnuda y le hiciera el amor, saciando de una vez, el hambre que comenzó para poderse saber viva. Corría a todos lados, se acordaba de sus momentos, le borraba los nombres y los daños en cada beso por su cuello y por su espalda, por las mañanas, por las tardes y por las noches, le curaba, de amor, en su piel tan clara, paciente de su alivio, paciente de las ganas, de la esencia del que nunca puso ojos sobre sus apellidos, ni oídos al color de su voz. 

No se fijó. 
No se acordaba, que le había corrido el pelo suavemente con un par de dedos, ante el calor, ante el momento de esa tarde, mirando descubrir su sonrisa, la misma que desde niña que le vio con agrado y admiración. La misma agradecida, la misma que le sería fiel por el resto de sus días. La misma que había encontrado el amor en el que perdió sus palabras, su memoria, en el que buscaba en el olvido.

La misma que sintió pasión, era esa, la que rondaba en fotografías, el destino, la tierra después del mar.


Erick Xavier Huerta Sánchez

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