Nadar en mar abierto
Todo comenzó, nadando, entrenando. Y aún no he encontrado equipo con quien entrenar para mejorar mis tiempos como antes hacía en universidad. Tampoco he podido consolidar amor alguno con esos sueños que parecen ser premonitorios.
En fin. Yo seguiría entrenando y desahogando mis energías en limpiar mi mente mientras corro, mientras nado, mientras camino, mientras pienso y sobre todo, mientras trabajo.
Eran tiempos electorales y yo tenía un compromiso férreo por hacer respetar mis principios y mi lucha por la libertad y por la justicia. Porque encontré en el periodismo un oficio que trabaja para la justicia, para la verdad, para el honor, para lo mejor que enaltece la condición humana.
Había muchas cosas qué hacer; construir el cuerpo del programa y diseñar las entrevistas acorde a lo que quería comunicar, a la lucha, a la victoria que queríamos conseguir. Libertad de ideas, destruir paradigmas y ser parte fundamental de una democracia. Así vinieron esos días de conversaciones entre varios candidatos. Muchos coincidían en lo mismo, y muchos, por más que gustaban de querer afirmar que harían las cosas diferentes, tenían arrastrando una historia partidista que ya había caído en el conformismo y en un pragmatismo que no detonaba progreso para la sociedad mexicana. Y como mi trabajo era, fundamentalmente en un pueblo, fui presa de algunos chismes y críticas menores. Al final el saldo fue benéfico y fue del gusto de la audiencia; sin embargo, yo estaba hastiado y quería irme lejos.
No podía inscribirme a la competencia por los compromisos que había adquirido, ahora sumados a moderar debates del instituto electoral del estado. Y contaba con poco presupuesto.
Creo que al final dios, promovió mi viaje.
En la academia de natación donde entreno, me dijeron que ya no podía inscribirme y que era demasiado tarde. Pero no me rindo fácilmente, y aún había oportunidad para inscribirse directamente con la organización. Era el último día y no tenía nada, hospedaje, avión ni afiliación. Pero logré mandar mi inscripción y logré poner todo en orden. Logré irme.
Estaba solo. Subí al avión, tenía poco dinero. Unas rubias se sentaron junto a mí. Una leía «lolita» de Vladimir Nabokov, pero ambas eran muy vulgares en su expresión oral. Hablaban de cosas superfluas, banales. Ellas eran chicas materiales, sin sustancia, sin espíritu. Hablaban sólo de dinero.
Una de ellas tenía toda la pantalla de su celular rota, y eso hablaba mucho de su vida personal.
Adelante de mí habían unos tipos que estaban tomando alcohol, y al parecer iban a una fiesta de despedida de soltero y luego a la respectiva boda.
Varias veces, esos jóvenes se paraban de sus asientos durante el vuelo para ver a las chicas que estaban sentadas junto a mí para demostrarles con sus ojos la lujuria.
Aterrizamos, y emprendí mi camino para estar más cerca de mi objetivo.
Y llegué al hotel, y busqué entregar toda mi documentación. Preparé y alisté todo. Me informé sobre el viaje de retorno cuando ya hubiese culminado mi travesía por el mar. Me informé también sobre el traje adecuado que debía utilizar. Y después fui a comer a un restaurante de unos japoneses, que cocinaban sushi muy delicioso. La japonesa que me atendió no sabía hablar español, pero me platicó en inglés que ella prefería el fideo que preparaban allí y que no le apetecía ni era fanática de los rollos clásicos que tanto gustan en México. Y eso me sorprendió, pero nunca probé los famosos platillos de fideo japonés.
Estaba solo. Y caminé por algún tiempo en mi primera noche ahí en Cancún, abrumado por el ruido de las discos, de los antros, de la fiesta nocturna que festeja a los héroes norteamericanos: spiderman, «la máscara», capitán América y las marcas. Cancún me parecía un gran prostíbulo. Y era demasiada agresiva la venta de marcas extranjeras. Pero eso gusta al parecer, y gustan más las marcas exclusivas que tienen precios exhorbitantes y que no imagino quién puede tener recursos de sobra para comprar prendas tan costosas.
Si yo lo tuviera, lo haría. Pero a penas, en mi clase económica, alcanza para nike y calvin Klein. Debes olvidarte de las marcas como ferragamo ó ermenegildo zegna.
Suena estúpido escribir sobre marcas comerciales, pero eso era algo que veía que abundaba en Cancún, en la zona hotelera. Era la gran venta de marcas y servicios extenuantes. Eso era. Un gran parque de diversiones que festeja el entretenimiento norteamericano, fuera de la apreciación sobre la belleza del viento, el cielo y el mar. Sigue siendo insuficiente la naturaleza como sonido para el oído del ser humano.
Al otro día mucha gente fue a recoger sus paquetes, y yo ya tenía todo en orden.
Ese día regresé a comer con los japoneses, porque estaba extasiado con el sabor de su sushi.
Tomé siempre el famoso calpi con mago, delicioso.
Me levanté al cuarto para las seis de la mañana. El ambiente fresco de la competencia, la expectativa y el optimismo se respiraba allí, a orillas del mar, donde ya la gente se preparaba con su bloqueador solar, con sus ánimos en grupo, con su positivismo esperando en la fila para el marcaje oficial de los números de competidor incrustados, pintados en nuestros cuerpos.
Pasaba el tiempo y el sol se incrustaba en el centro del cielo, más alto, más fuerte, más brillante. Era el fulgor y todo estaba iluminado y acentuaba ya el calor.
Empezaba a tener sed.
Me metí al mar para nadar un poco y estirar mis músculos.
Se rezagaba el tiempo y comenzaba a desesperarme. Poco a poco, los hombres y mujeres ingresaban al mar en sus paddleboards y en kayaks. Ellos nos acompañarían durante la competencia y la travesía. Parecía que se iban inmiscuyendo en el mar de sueños, que habíamos muerto y que partíamos hacia la nueva vida. Era mágico ese cuadro, y hablaba mucho sobre la vida, sobre los caminos individuales de cada quien, nadando, remando a su suerte, a su paso, conforme a su fuerza, separados pero juntos, nos vemos a lo lejos, nos vemos pero seguimos nuestro propio trayecto, a pesar de que buscamos un mismo destino.
Dieron el disparo de salida, y yo no sabía a qué me estaba enfrentando. Siempre la competencia era con tiempos máximos a una hora. Siempre eran competencias de uno a dos kilómetros solamente, en alberca y mar. Ahora debía cruzar en mar abierto hasta isla mujeres, sin carril, sin una guía distintiva. Era el mar inmenso y yo, nada más.
En el principio de mi travesía sufrí los embates y los golpes de los demás participantes, desesperados por ganar, desesperados por despuntar. Poco a poco los esquivé, y en algún momento regresé a competir contra uno y otro por un puesto, pero nos fuimos separando, así lo hizo el mar, así lo meditó la distancia. Nos separamos, nos vimos lejos, agarramos rutas distintas, e íbamos unos detrás de otros, siguiendo la estela de esos rastros.
Yo perseguía a los botes donde supuestamente me darían agua, pero jamás sucedió. Se fueron y nunca pude alcanzarlos. No tenía agua y pronto me vi lesionado en mis brazos porque las brazadas y la sal del mar, rasparon mis axilas, dándome dolor a cada brazada. Y pensé que ya no llegaría. Incluso floté un tiempo esperando encontrar a alguien que me ayudara para conseguir vaselina o algo parecido para aliviar mi dolor y nadar de forma más cómoda. Pero no sucedió. Tuve que aguantar mi dolor. Tuve que aguantar mi sed, hasta alcanzar a un hombre en paddleboard y pedirle que me ayudara a tener dirección sobre quién podría darme un poco de agua. El dijo que podría darme agua. Se agachó y sacó una manguera de su mochila para que bebiera un poco; y así proseguí mi camino.
En el hotel, un día antes de la competencia, el conserje del hotel me dijo que yo era demasiado joven y que me admiraba y me tenía un gran respeto por nadar tanto.
Yo estaba en el mar, dentro ya en el gris, donde la marea se nota, donde ya era minúsculo ante la inmensidad del mundo. El océano borraba mi existencia, y yo ya no era nadie. Era a penas una pequeña pizca de vida. Pronto llegué a vislumbrar a lo lejos a otro hombre que iba nadando, y ahí vi la pequeñez que somos, y la fuerza brutal que estábamos enfrentando embistiendo al mar, siendo valientes, sin tierra, con cielo arriba, sin piso, flotando, nadando. Era el gran mar de los sueños. En este punto había un poco de bruma y todo era muy gris; el mar era de color gris, y a veces parecía lodo y borraba el resto de nuestros cuerpos cuando solamente podíamos ver nuestros brazos que salían del mar para poder seguir avanzando.
Encontré a otra señora en un kayak y le pedí agua, y ella también se apiadó de mí, quiero creerlo. Le pregunté si podía tomar toda la botella de agua mientras me sostenía de su kayak, y ella accedió. Así seguí nadando en el mar gris, que ya había borrado el azul celeste del clásico rubor que tiene ese mar de caribe que ilumina a Cancún.
Mientras nadaba, y soportaba el dolor, vino a mi mente, a mi pensamiento una mujer que he conocido y eso me hacía reflexionar si en ese preciso momento ella estuviera pensando en mí y habríamos logrado una conexión metafísica, espiritual. ¿Estaría en mi mente de pronto porque pensaba ella en mí en el relativo tiempo? Yo estaba nadando, de pronto con su imagen en mi mente, dentro del mar, del mar de los sueños, del mar de la tierra. ¿Era a caso el amor que se manifestaba en el agua? ¿ Eran los suspiros de la tierra para verme regresar a cumplir un ideal, amoroso? Miles de preguntas recurrían a mi mente, pensando en ella como mi fiel destino.
También pensé, desde luego, en las otras mujeres de las que llegué a enamorarme y no sucedió que pudiera yo expresarles a sus sentidos, el inmenso amor que se llegó a despertar por culpa de mirar sus ojos y de imaginar un futuro a su lado. Dios era inmenso, y floté mucho tiempo por el dolor. Nadaba de dorso para mirar el cielo, cansado de la misma posición y de ya no poder con la sal del mar que había también mutilado a mi lengua.
Tenía yo incertidumbre, y miedo. Veía en la profundidad a las pequeñas mantarrayas y me daba ansiedad. Me imaginaba la posibilidad de que encontrara una gran mantarraya o a un tiburón; pensaba en el miedo que me daría eso. O pensaba en algún otro pez que pudiese hacerme daño. Especulaba y me hacía preso del miedo por la incertidumbre, por estar en un ambiente desconocido, des protegido, a la deriva, sin ayuda inmediata.
Había que tener mucha paciencia. Sentí desesperación y hartazgo del mar. Estaba solo.
Después de mucho tiempo a la deriva, me sorprendieron dos hombres en una moto acuática. Me preguntaron si estaba bien, y yo solamente les pedí si podían conseguirme agua, a lo que ellos accedieron y rápidamente se movilizaron hasta un barco a lo lejos y seguí nadando hasta que me volvieron a alcanzar, a darme un poco de agua. Ellos me indicaron que iba en otro sentido y me había alejado demasiado, por lo que debía recuperarme en la ruta y nadar en sentido contrario hasta un poste que se veía a lo lejos. Creo que en ese momento, faltaban cuatro kilómetros, según los cálculos de los hombres en la moto acuática.
Al recuperar mi trayecto en sentido correcto al destino que debía llegar, me reencontré con otros competidores en la ruta y los rebasé y los dejé muy, pero muy atrás. Y logré alcanzar vista a un hombre que iba delante de mí. Pensé que lo alcanzaría, pero él era muy fuerte. Jamás pude alcanzarlo. Solamente logré ir tras él, y que su ruta me sirviera de guía.
Después de un tiempo, un barco de la marina me alcanzó, preguntando si venía desde Cancún y si lograría terminar la competencia. Yo les dije que estaba bien y que solamente necesitaba agua. Ellos me dieron a elegir entre agua pura y de sabor. Tomé de sabor y luego les aventé la bolsa, pero como no medía fuerzas, la aventé con mucha potencia y logré golpear a uno de los tripulantes, por lo que perdí perdón.
Veía la tierra más cerca de mí, pero seguía estando demasiado lejos. Apreté, y nadé con mucha potencia, con todas mis fuerzas para poder llegar, pero no sucedía. Cruzaba tiempos oscuros, el mar oscuro, por el arrecife y por la flora, y a veces llegaba al mar celeste, claro, donde todo era como color del cielo, donde el agua era transparente, donde incluso parecía que todo estaba purificado. En el color claro del mar nadaba con más fuerzas. Los colores impregnan energías en el cuerpo. Me deprimí mucho en el mar gris, y me sentía cansado en el mar color azul marino, muy oscuro. Y en el mar claro, azul hermoso del caribe, retomaba fuerzas y me sentía en la gloria donde la vida no perece.
Era agua totalmente, en el agua, el comienzo de la vida, el sustento de nuestra existencia, inmiscuido en sus adentros, habiendo ya sobrepasado los espacios donde la marea era más potentosa. Iba llegando a la costa.
Logré llegar al puerto donde estaban estacionados varios barcos, entre ellos los de la competencia, pero la meta estaba ya allí, a unos costados de donde me ubicaba. Sin embargo, la marea estaba en mi contra y me era muy difícil embatirla.
Para esos momentos, había yo ya estado consciente de la lucha, de la embestida que emprendí contra el mar y nadé con todas mis fuerzas hacia la meta, embistiendo la corriente en contra. El último sprint, nadando aunque ya hubiese tierra firme. Nadé con todas mis fuerzas hasta que las palmas de mis manos chocaron con la tierra, hasta que golpeé con la playa. Y salí saltando el agua de mar en la playa. Crucé la meta, recibí mi medalla como finalista, y escuché algunos aplausos, sonidos del hombre en micrófono y no puse atención a nada. Solo quería tomar agua. Comí naranjas y plátanos. Tomé mucha agua. Me fui a bañar en las regaderas. Me cambié. Fui a desayunar. Después fui al centro de isla mujeres, queriendo conocer un poco. Era un pueblo muy pequeño. Prácticamente estaba vacío el centro. Miraba el mar.
Cuando regresé en el ferry, miré atónito todo el mar que había cruzado. Miraba la fuerza que estaba allí. Estaba con muchos sentimientos encontrados. Quería estar en el mar. Había salido de allí y ya no estaba. Sólo veía el mar, su marea, su fuerza donde hace unos momentos yo me había encontrado embistiendo. Era inmenso el panorama donde yo estuve tratando de llegar a tierra otra vez.
Ese fue el primer recorrido que hice en cuatro horas.
Espero regresar y mejorar mi tiempo.
Sí sentí condiciones como si hubiese yo recibido un bautismo, como si hubiese estado en comunión con dios; como si hubiese yo vuelto a nacer por un destino mayor. Sentí que había sobrevivido porque aún tengo cosas que cumplir con mi destino.
Sentí, incluso, que seguía vivo por una misión más grande de amar.
En el hotel, un día antes de la competencia, el conserje del hotel me dijo que yo era demasiado joven y que me admiraba y me tenía un gran respeto por nadar tanto.
Yo estaba en el mar, dentro ya en el gris, donde la marea se nota, donde ya era minúsculo ante la inmensidad del mundo. El océano borraba mi existencia, y yo ya no era nadie. Era a penas una pequeña pizca de vida. Pronto llegué a vislumbrar a lo lejos a otro hombre que iba nadando, y ahí vi la pequeñez que somos, y la fuerza brutal que estábamos enfrentando embistiendo al mar, siendo valientes, sin tierra, con cielo arriba, sin piso, flotando, nadando. Era el gran mar de los sueños. En este punto había un poco de bruma y todo era muy gris; el mar era de color gris, y a veces parecía lodo y borraba el resto de nuestros cuerpos cuando solamente podíamos ver nuestros brazos que salían del mar para poder seguir avanzando.
Encontré a otra señora en un kayak y le pedí agua, y ella también se apiadó de mí, quiero creerlo. Le pregunté si podía tomar toda la botella de agua mientras me sostenía de su kayak, y ella accedió. Así seguí nadando en el mar gris, que ya había borrado el azul celeste del clásico rubor que tiene ese mar de caribe que ilumina a Cancún.
Mientras nadaba, y soportaba el dolor, vino a mi mente, a mi pensamiento una mujer que he conocido y eso me hacía reflexionar si en ese preciso momento ella estuviera pensando en mí y habríamos logrado una conexión metafísica, espiritual. ¿Estaría en mi mente de pronto porque pensaba ella en mí en el relativo tiempo? Yo estaba nadando, de pronto con su imagen en mi mente, dentro del mar, del mar de los sueños, del mar de la tierra. ¿Era a caso el amor que se manifestaba en el agua? ¿ Eran los suspiros de la tierra para verme regresar a cumplir un ideal, amoroso? Miles de preguntas recurrían a mi mente, pensando en ella como mi fiel destino.
También pensé, desde luego, en las otras mujeres de las que llegué a enamorarme y no sucedió que pudiera yo expresarles a sus sentidos, el inmenso amor que se llegó a despertar por culpa de mirar sus ojos y de imaginar un futuro a su lado. Dios era inmenso, y floté mucho tiempo por el dolor. Nadaba de dorso para mirar el cielo, cansado de la misma posición y de ya no poder con la sal del mar que había también mutilado a mi lengua.
Tenía yo incertidumbre, y miedo. Veía en la profundidad a las pequeñas mantarrayas y me daba ansiedad. Me imaginaba la posibilidad de que encontrara una gran mantarraya o a un tiburón; pensaba en el miedo que me daría eso. O pensaba en algún otro pez que pudiese hacerme daño. Especulaba y me hacía preso del miedo por la incertidumbre, por estar en un ambiente desconocido, des protegido, a la deriva, sin ayuda inmediata.
Había que tener mucha paciencia. Sentí desesperación y hartazgo del mar. Estaba solo.
Después de mucho tiempo a la deriva, me sorprendieron dos hombres en una moto acuática. Me preguntaron si estaba bien, y yo solamente les pedí si podían conseguirme agua, a lo que ellos accedieron y rápidamente se movilizaron hasta un barco a lo lejos y seguí nadando hasta que me volvieron a alcanzar, a darme un poco de agua. Ellos me indicaron que iba en otro sentido y me había alejado demasiado, por lo que debía recuperarme en la ruta y nadar en sentido contrario hasta un poste que se veía a lo lejos. Creo que en ese momento, faltaban cuatro kilómetros, según los cálculos de los hombres en la moto acuática.
Al recuperar mi trayecto en sentido correcto al destino que debía llegar, me reencontré con otros competidores en la ruta y los rebasé y los dejé muy, pero muy atrás. Y logré alcanzar vista a un hombre que iba delante de mí. Pensé que lo alcanzaría, pero él era muy fuerte. Jamás pude alcanzarlo. Solamente logré ir tras él, y que su ruta me sirviera de guía.
Después de un tiempo, un barco de la marina me alcanzó, preguntando si venía desde Cancún y si lograría terminar la competencia. Yo les dije que estaba bien y que solamente necesitaba agua. Ellos me dieron a elegir entre agua pura y de sabor. Tomé de sabor y luego les aventé la bolsa, pero como no medía fuerzas, la aventé con mucha potencia y logré golpear a uno de los tripulantes, por lo que perdí perdón.
Veía la tierra más cerca de mí, pero seguía estando demasiado lejos. Apreté, y nadé con mucha potencia, con todas mis fuerzas para poder llegar, pero no sucedía. Cruzaba tiempos oscuros, el mar oscuro, por el arrecife y por la flora, y a veces llegaba al mar celeste, claro, donde todo era como color del cielo, donde el agua era transparente, donde incluso parecía que todo estaba purificado. En el color claro del mar nadaba con más fuerzas. Los colores impregnan energías en el cuerpo. Me deprimí mucho en el mar gris, y me sentía cansado en el mar color azul marino, muy oscuro. Y en el mar claro, azul hermoso del caribe, retomaba fuerzas y me sentía en la gloria donde la vida no perece.
Era agua totalmente, en el agua, el comienzo de la vida, el sustento de nuestra existencia, inmiscuido en sus adentros, habiendo ya sobrepasado los espacios donde la marea era más potentosa. Iba llegando a la costa.
Logré llegar al puerto donde estaban estacionados varios barcos, entre ellos los de la competencia, pero la meta estaba ya allí, a unos costados de donde me ubicaba. Sin embargo, la marea estaba en mi contra y me era muy difícil embatirla.
Para esos momentos, había yo ya estado consciente de la lucha, de la embestida que emprendí contra el mar y nadé con todas mis fuerzas hacia la meta, embistiendo la corriente en contra. El último sprint, nadando aunque ya hubiese tierra firme. Nadé con todas mis fuerzas hasta que las palmas de mis manos chocaron con la tierra, hasta que golpeé con la playa. Y salí saltando el agua de mar en la playa. Crucé la meta, recibí mi medalla como finalista, y escuché algunos aplausos, sonidos del hombre en micrófono y no puse atención a nada. Solo quería tomar agua. Comí naranjas y plátanos. Tomé mucha agua. Me fui a bañar en las regaderas. Me cambié. Fui a desayunar. Después fui al centro de isla mujeres, queriendo conocer un poco. Era un pueblo muy pequeño. Prácticamente estaba vacío el centro. Miraba el mar.
Cuando regresé en el ferry, miré atónito todo el mar que había cruzado. Miraba la fuerza que estaba allí. Estaba con muchos sentimientos encontrados. Quería estar en el mar. Había salido de allí y ya no estaba. Sólo veía el mar, su marea, su fuerza donde hace unos momentos yo me había encontrado embistiendo. Era inmenso el panorama donde yo estuve tratando de llegar a tierra otra vez.
Ese fue el primer recorrido que hice en cuatro horas.
Espero regresar y mejorar mi tiempo.
Sí sentí condiciones como si hubiese yo recibido un bautismo, como si hubiese estado en comunión con dios; como si hubiese yo vuelto a nacer por un destino mayor. Sentí que había sobrevivido porque aún tengo cosas que cumplir con mi destino.
Sentí, incluso, que seguía vivo por una misión más grande de amar.
Regresé a Cancún. Regresé al hotel. Me bañé pero me ardió todo el cuerpo y era difícil lavarme.
Quedé postrado en la cama, muy cómoda, que relajaba a todo mi cuerpo. Y encontré en la tele una película de Ryan Reynolds, titulada "sólo amigos", y contaba la historia de un tipo que fue obeso en su juventud y fue el mejor amigo de una de las chicas más bellas de la provincia donde vivía. Después el tipo se volvió casanova, exitoso en su negocio. El rencor que había recopilado en su pueblo natal fue el motor que lo impulsó a ser exitoso en el presente. Ahora quería hacer sentir mal a aquella chica a la que le había declarado su amor en la juventud, pero que le negaron por ser amigos. En fin, terminé de ver esa película, muy divertida. Me reí. Y después fui a comer, con los japoneses, pero ahora quise darle oportunidad a otros japoneses. Sin embargo, cuando entré a ese restaurant japonés, cerca del mismo donde había ido; me topé con puros mexicanos. Ellos cocinaban y eran los meseros. Este nuevo lugar era mucho más exclusivo, aunque no variaba mucho en los precios. Su sushi era bueno pero no tan artesanal y genial como el que había comido en el otro lugar, mucho más modesto.
Cuando estaba comiendo el postre (un helado frito), llegaron una chavas fresas, donde dos eran contemporáneas mías. Iban con un señor que al parecer era su tío. Y ellas eran muy materialistas también y elitistas. Hablaban solamente de sus presunciones por pertenecer a círculos exclusivos de la sociedad, como las instituciones educativas donde han estado; el hotel al que fueron y su grandeza económica.
Llegué a pensar, que como yo era el único allí, le gusté a la mayor de ellas y por eso hacía tanto alarde en presumir su vida en ese lugar.
Pero después me fui, con un dejo de sonrisa en el rostro, evidentemente cargando la satisfacción de haber cumplido otras de mis intenciones, de mis objetivos.
Luego me fui al cine, y llegué al momento de la función de la película de "terremoto, la falla de San Andrés", protagonizada por Dwayne Johnson «la roca». Y yo estaba muy feliz, porque el cine era muy cómodo y la sala tenía una pantalla increíble, con un gran sonido y una impresionante proyección digital. La película me entretuvo bastante y me divertí. Dwayne Johnson también se divirtió haciéndola.
La película parecía un gran comercial para enaltecer y promocionar a Alexandra Daddario, que acaparaba toda la pantalla con su inmensa belleza. Es inevitable enamorarse.
Luego regresé al hotel.
A la mañana siguiente fui a caminar un poco en playa después de desayunar, y regresé apurado a arreglar mis cosas.
En el aeropuerto encontré delante de mí a una mujer hermosa, de mi edad aproximadamente.
Yo había llegado como artista y pronto vi que acaparé su atención. Ella se puso nerviosa y lo único que pudo hacer es besar a un hombre que estaba allí, que era muy feo, que no era de su misma condición socioeconómica; que era más viejo que ella. Incluso pensé que era algún tío suyo, pero no había notado realmente lo feo que estaba, por el descuido que tenía en su cabello, en sus ropas, y en sus zapatos, que eran como de zebra, y que incluso, armando todo su vestir, tenía alusiones a ser del estereotipo narcotraficante.
Primero pensé que era narco. Pero la chica no era de atribuciones iguales en gustos por ese estilo de sombrero y atuendos vaqueros. La chica, evidentemente era de otro corte, de otro ambiente al que mostraba el hombre que le acompañaba.
Todo el tiempo que estuve allí esperando junto a ellos, el hombre no hablaba. Incluso ignoraba a la chica. La chica se puso tan nerviosa que se fue inmediatamente al baño y luego a comprar chicles. Ella no quería que le vieran con el hombre, menos yo que estaba detrás de ellos. A ella no le importaba el vuelo ni el hombre que estaba en la fila. Pero cuando ella regresaba a momentos, lo seducía con su comunicación corporal, acariciándolo sutilmente y de forma seductora en el brazo para que él le diera dinero para cuestiones banales. Entonces me di cuenta, y me imaginé que ella era una de esas prostitutas acompañantes, que le llegaron al precio por el paseo de fin de semana en el caribe. Y este tipo, debió haber devengado la quincena o algún ahorro en pasar el fin de semana en Cancún con una de sus prostitutas favoritas.
Yo estaba muy consternado. No podía concebir que una mujer tan bella, estuviera a la orden de un hombre tan feo por dinero.
El hombre no hablaba con ella. Después, logré percibir que, en efecto, el hombre era un tonto que sólo cumplía satisfacer sus necesidades más primarias por supervivencia. Y la mujer era una esclava del dinero.
Yo estaba ideando y ya escribiendo una novela al respecto, por lo que me consterné más acerca de las historias de esos dos personajes.
Cuando entramos a la sala de espera del vuelo, los miraba a lo lejos. Observaba que él no emitía palabra alguna. El hombre estaba solamente abstraído en su pensamiento mirando a la nada, hastiado de esperar. Y ella estaba inmiscuida en su celular, perdiendo el tiempo en las redes sociales.
Me preguntaba cómo sería la red social de una prostituta. ¿Cuál sería la imagen de su persona que promovía en facebook? Me imaginaba que era una vida cómoda, igual que los de ese sector socioeconómico, con la única diferencia, que ella debía estar disponible para el apetito sexual de cualquier hombre, a la hora que fuera. Como doctor, pero ella no curaba almas, saciaba hambres sexuales.
El hombre nunca platicó con la chica. Ella siempre se entretuvo en su celular. Y después de algún tiempo, el hombre se paró irritado y comenzó a pasear por el aeropuerto. Ella lo vio extrañada, pero al final, era problema del hombre, no de ella, porque ya tenía el dinero que quería.
Eran las vacaciones de aquel hombre de escaños bajos de la sociedad capitalina del distrito federal. Había volado en viva aerobus en clase V.I.P. con su prostituta favorita.
Un hombre de televisión azteca también estaba allí. No lo había reconocido hasta después de algún tiempo de hacer memoria que él es uno de los conductores más famosos de allí, que está con Paty Chapoy y habla de las vidas privadas de los personajes públicos. No sé su nombre, pero su novia era muy guapa. Eran los clásicos jóvenes de la colonia condesa, la clase social de la vida cómoda en la capital. Y ellos no iban en clase V.I.P.
Ellos también fueron en mi vuelo y se sentaron delante de mí. Ella mostraba un gran amor hacia él, y yo pensaba en lo hermoso que debe ser que alguien se preocupe por ti y tenga sentimientos tan bellos en valorar pasar el tiempo junto a ti; que disfrute las conversaciones, tus ideas y tus proyectos. Yo aún no lo sé.
Cuando llegamos al aeropuerto del distrito federal, aquellos artistas se fueron inmediatamente, pero el hombre de bigote desastroso caminó con bastante prisa y se paró justamente al principio de la banda donde empezarían a correr las maletas de todos los tripulantes.
La joven hermosa, bajo el yugo del dinero, fue a sentarse en el piso del aeropuerto donde esperábamos nuestras maletas. A ella no le importaba el tiempo ni sus cosas. Ella estaba ahí a merced de aquel hombre que la ignoraba, que no platicaba con ella de ningún tema. Ella estaba ahí sentada, sola, mientras el hombre estaba parado, inerte, ansioso, esperando sus cosas. Ella estaba ya incluso con algún grado depresivo por el viaje de tener que soportar a un hombre que le paga por su compañía.
Ella estaba viendo su celular solamente, y a veces se reía con ella misma. Ese era el mejor cuadro que representaba su vida, su tiempo dedicado a la satisfacción sexual y emocional de otra persona, cualquiera, por obtener dinero.
Ella tenía unos tenis muy bonitos, grises, que parecían costosos. Su pantalón de mezclilla era muy fino y tenía un bronceado excepcional. Llevaba también una gabardina que se puso cuando llegamos al distrito federal.
En sus ojos yo veía su historia, la batalla y la renuencia por enamorarse, por aquello de su oficio.
Creo que tuvo carencias afectivas y una dolorosa historia familiar que le llevó a tener ese estilo de vida.
Observaba yo que ella estaba muy enojada con dios, que era rebelde y que había tomado la decisión años atrás de arrojarse al caos y al dolor para retar a la creación, a sus mismas ideas en las que alguna vez tuvo fe.
Yo recogí mi maleta, y me fui con un dolor sensible por haber visto a esa mujer. Tenía yo emociones que me hacían sentir y pensar en la obligación de salvar a aquella mujer. No podía yo lidiar con su belleza a merced de un hombre que no la merecía, aunque fuera por dinero.
Me fui yo con esos sentimientos, muy sensible ante la vida de ella.
Dejé ahí esa historia y cargué con las enormes ganas de tener que escribir la historia que debo hacer para contar qué pienso y cómo puedo explicarme esos fenómenos, que suelen recurrir a dolerme.
Siempre he sido sensible ante la condición humana, ante las situaciones que muchos deben vivir y sufrir. Pero he debido crecer sabiendo que todos tienen su propio camino, su propio proceso de crecimiento y de autoconocimiento.
Llegué a casa de mis abuelos maternos después de haber tomado un taxi que pensé me secuestraría, pues un tipo del aeropuerto me lo consiguió pero se subió al taxi. Pensé lo peor, que me robarían mis cosas y que ya habían tomado a su rehén.
Había escuchado en el taxi estaciones que parecían secuestros, y yo iba muy estresado. Al final me equivoqué y llegué con bien a casa de mis abuelos maternos.
Pensé que yo no cambié.
Un avión se estrelló en la carretera cuando iba de regreso a mi casa en provincia, en Cortazar Guanajuato; y estuve postrado horas esperando a que liberaran la carretera. Llegué a las dos de la mañana a mi casa y mi padre se había quedado dormido en la sala esperándome a mí y a mis hermanos que también venían conmigo porque ellos estaban en el distrito federal.
Pensé que no había pasado nada. Pero en los días siguientes me relajé aún más por muchos compromisos del trabajo que se habían terminado por culpa de los tiempos electorales, por la competencia que había enfrentado y el arduo viaje que emprendí en coche de regreso a provincia desde el distrito federal.
Ahora, después de eso, he soñado mucho, incluso parece que me he conectado a otra realidad de la cual no puedo escapar. Sueño con muchas cosas, con mis padres, con la mujer que conozco y que funge como estela de luz en mi vida, como la premonición de mi destino. Sueño mucho con ella. Y no sé que viene ahora en mi vida donde he culminado el cierre de varios ciclos. Sin duda sé que se aproxima el amor.
Pienso mucho en el hombre sabio que alguna vez conocí, que decía que debemos estar atentos a los sueños, pues pasamos una gran parte de nuestra vida en ellos.
He soñado mucho.
Cuando regresé a entrenar a la alberca, sentí un gran poder y una gran fuerza que había adquirido. Tenía muchas más energías y nadaba con una gran potencia que no había sentido. Tengo ahora una gran energía impregnada en mi cuerpo.
La alberca, cuando regresé, me parecía un charco y las distancias de la rutina me parecían hechas para niños y bebés. Tenía soberbia en mi fuerza muscular y en todo el desempeño de mi cuerpo.
Había cambiado.
Siento premoniciones de triunfos y victorias.
Me siento mejor.
Tengo paz. Y creo que regresé justo por eso,
por amor, para amar a una mujer.
Escribí esto en honor a mi padre, que gusta leer mis pensamientos y que me estuvo motivando todo el tiempo a que impregnara en estas palabras, la travesía que sufrí.
Erick Xavier Huerta Sánchez
Quedé postrado en la cama, muy cómoda, que relajaba a todo mi cuerpo. Y encontré en la tele una película de Ryan Reynolds, titulada "sólo amigos", y contaba la historia de un tipo que fue obeso en su juventud y fue el mejor amigo de una de las chicas más bellas de la provincia donde vivía. Después el tipo se volvió casanova, exitoso en su negocio. El rencor que había recopilado en su pueblo natal fue el motor que lo impulsó a ser exitoso en el presente. Ahora quería hacer sentir mal a aquella chica a la que le había declarado su amor en la juventud, pero que le negaron por ser amigos. En fin, terminé de ver esa película, muy divertida. Me reí. Y después fui a comer, con los japoneses, pero ahora quise darle oportunidad a otros japoneses. Sin embargo, cuando entré a ese restaurant japonés, cerca del mismo donde había ido; me topé con puros mexicanos. Ellos cocinaban y eran los meseros. Este nuevo lugar era mucho más exclusivo, aunque no variaba mucho en los precios. Su sushi era bueno pero no tan artesanal y genial como el que había comido en el otro lugar, mucho más modesto.
Cuando estaba comiendo el postre (un helado frito), llegaron una chavas fresas, donde dos eran contemporáneas mías. Iban con un señor que al parecer era su tío. Y ellas eran muy materialistas también y elitistas. Hablaban solamente de sus presunciones por pertenecer a círculos exclusivos de la sociedad, como las instituciones educativas donde han estado; el hotel al que fueron y su grandeza económica.
Llegué a pensar, que como yo era el único allí, le gusté a la mayor de ellas y por eso hacía tanto alarde en presumir su vida en ese lugar.
Pero después me fui, con un dejo de sonrisa en el rostro, evidentemente cargando la satisfacción de haber cumplido otras de mis intenciones, de mis objetivos.
Luego me fui al cine, y llegué al momento de la función de la película de "terremoto, la falla de San Andrés", protagonizada por Dwayne Johnson «la roca». Y yo estaba muy feliz, porque el cine era muy cómodo y la sala tenía una pantalla increíble, con un gran sonido y una impresionante proyección digital. La película me entretuvo bastante y me divertí. Dwayne Johnson también se divirtió haciéndola.
La película parecía un gran comercial para enaltecer y promocionar a Alexandra Daddario, que acaparaba toda la pantalla con su inmensa belleza. Es inevitable enamorarse.
Luego regresé al hotel.
A la mañana siguiente fui a caminar un poco en playa después de desayunar, y regresé apurado a arreglar mis cosas.
En el aeropuerto encontré delante de mí a una mujer hermosa, de mi edad aproximadamente.
Yo había llegado como artista y pronto vi que acaparé su atención. Ella se puso nerviosa y lo único que pudo hacer es besar a un hombre que estaba allí, que era muy feo, que no era de su misma condición socioeconómica; que era más viejo que ella. Incluso pensé que era algún tío suyo, pero no había notado realmente lo feo que estaba, por el descuido que tenía en su cabello, en sus ropas, y en sus zapatos, que eran como de zebra, y que incluso, armando todo su vestir, tenía alusiones a ser del estereotipo narcotraficante.
Primero pensé que era narco. Pero la chica no era de atribuciones iguales en gustos por ese estilo de sombrero y atuendos vaqueros. La chica, evidentemente era de otro corte, de otro ambiente al que mostraba el hombre que le acompañaba.
Todo el tiempo que estuve allí esperando junto a ellos, el hombre no hablaba. Incluso ignoraba a la chica. La chica se puso tan nerviosa que se fue inmediatamente al baño y luego a comprar chicles. Ella no quería que le vieran con el hombre, menos yo que estaba detrás de ellos. A ella no le importaba el vuelo ni el hombre que estaba en la fila. Pero cuando ella regresaba a momentos, lo seducía con su comunicación corporal, acariciándolo sutilmente y de forma seductora en el brazo para que él le diera dinero para cuestiones banales. Entonces me di cuenta, y me imaginé que ella era una de esas prostitutas acompañantes, que le llegaron al precio por el paseo de fin de semana en el caribe. Y este tipo, debió haber devengado la quincena o algún ahorro en pasar el fin de semana en Cancún con una de sus prostitutas favoritas.
Yo estaba muy consternado. No podía concebir que una mujer tan bella, estuviera a la orden de un hombre tan feo por dinero.
El hombre no hablaba con ella. Después, logré percibir que, en efecto, el hombre era un tonto que sólo cumplía satisfacer sus necesidades más primarias por supervivencia. Y la mujer era una esclava del dinero.
Yo estaba ideando y ya escribiendo una novela al respecto, por lo que me consterné más acerca de las historias de esos dos personajes.
Cuando entramos a la sala de espera del vuelo, los miraba a lo lejos. Observaba que él no emitía palabra alguna. El hombre estaba solamente abstraído en su pensamiento mirando a la nada, hastiado de esperar. Y ella estaba inmiscuida en su celular, perdiendo el tiempo en las redes sociales.
Me preguntaba cómo sería la red social de una prostituta. ¿Cuál sería la imagen de su persona que promovía en facebook? Me imaginaba que era una vida cómoda, igual que los de ese sector socioeconómico, con la única diferencia, que ella debía estar disponible para el apetito sexual de cualquier hombre, a la hora que fuera. Como doctor, pero ella no curaba almas, saciaba hambres sexuales.
El hombre nunca platicó con la chica. Ella siempre se entretuvo en su celular. Y después de algún tiempo, el hombre se paró irritado y comenzó a pasear por el aeropuerto. Ella lo vio extrañada, pero al final, era problema del hombre, no de ella, porque ya tenía el dinero que quería.
Eran las vacaciones de aquel hombre de escaños bajos de la sociedad capitalina del distrito federal. Había volado en viva aerobus en clase V.I.P. con su prostituta favorita.
Un hombre de televisión azteca también estaba allí. No lo había reconocido hasta después de algún tiempo de hacer memoria que él es uno de los conductores más famosos de allí, que está con Paty Chapoy y habla de las vidas privadas de los personajes públicos. No sé su nombre, pero su novia era muy guapa. Eran los clásicos jóvenes de la colonia condesa, la clase social de la vida cómoda en la capital. Y ellos no iban en clase V.I.P.
Ellos también fueron en mi vuelo y se sentaron delante de mí. Ella mostraba un gran amor hacia él, y yo pensaba en lo hermoso que debe ser que alguien se preocupe por ti y tenga sentimientos tan bellos en valorar pasar el tiempo junto a ti; que disfrute las conversaciones, tus ideas y tus proyectos. Yo aún no lo sé.
Cuando llegamos al aeropuerto del distrito federal, aquellos artistas se fueron inmediatamente, pero el hombre de bigote desastroso caminó con bastante prisa y se paró justamente al principio de la banda donde empezarían a correr las maletas de todos los tripulantes.
La joven hermosa, bajo el yugo del dinero, fue a sentarse en el piso del aeropuerto donde esperábamos nuestras maletas. A ella no le importaba el tiempo ni sus cosas. Ella estaba ahí a merced de aquel hombre que la ignoraba, que no platicaba con ella de ningún tema. Ella estaba ahí sentada, sola, mientras el hombre estaba parado, inerte, ansioso, esperando sus cosas. Ella estaba ya incluso con algún grado depresivo por el viaje de tener que soportar a un hombre que le paga por su compañía.
Ella estaba viendo su celular solamente, y a veces se reía con ella misma. Ese era el mejor cuadro que representaba su vida, su tiempo dedicado a la satisfacción sexual y emocional de otra persona, cualquiera, por obtener dinero.
Ella tenía unos tenis muy bonitos, grises, que parecían costosos. Su pantalón de mezclilla era muy fino y tenía un bronceado excepcional. Llevaba también una gabardina que se puso cuando llegamos al distrito federal.
En sus ojos yo veía su historia, la batalla y la renuencia por enamorarse, por aquello de su oficio.
Creo que tuvo carencias afectivas y una dolorosa historia familiar que le llevó a tener ese estilo de vida.
Observaba yo que ella estaba muy enojada con dios, que era rebelde y que había tomado la decisión años atrás de arrojarse al caos y al dolor para retar a la creación, a sus mismas ideas en las que alguna vez tuvo fe.
Yo recogí mi maleta, y me fui con un dolor sensible por haber visto a esa mujer. Tenía yo emociones que me hacían sentir y pensar en la obligación de salvar a aquella mujer. No podía yo lidiar con su belleza a merced de un hombre que no la merecía, aunque fuera por dinero.
Me fui yo con esos sentimientos, muy sensible ante la vida de ella.
Dejé ahí esa historia y cargué con las enormes ganas de tener que escribir la historia que debo hacer para contar qué pienso y cómo puedo explicarme esos fenómenos, que suelen recurrir a dolerme.
Siempre he sido sensible ante la condición humana, ante las situaciones que muchos deben vivir y sufrir. Pero he debido crecer sabiendo que todos tienen su propio camino, su propio proceso de crecimiento y de autoconocimiento.
Llegué a casa de mis abuelos maternos después de haber tomado un taxi que pensé me secuestraría, pues un tipo del aeropuerto me lo consiguió pero se subió al taxi. Pensé lo peor, que me robarían mis cosas y que ya habían tomado a su rehén.
Había escuchado en el taxi estaciones que parecían secuestros, y yo iba muy estresado. Al final me equivoqué y llegué con bien a casa de mis abuelos maternos.
Pensé que yo no cambié.
Un avión se estrelló en la carretera cuando iba de regreso a mi casa en provincia, en Cortazar Guanajuato; y estuve postrado horas esperando a que liberaran la carretera. Llegué a las dos de la mañana a mi casa y mi padre se había quedado dormido en la sala esperándome a mí y a mis hermanos que también venían conmigo porque ellos estaban en el distrito federal.
Pensé que no había pasado nada. Pero en los días siguientes me relajé aún más por muchos compromisos del trabajo que se habían terminado por culpa de los tiempos electorales, por la competencia que había enfrentado y el arduo viaje que emprendí en coche de regreso a provincia desde el distrito federal.
Ahora, después de eso, he soñado mucho, incluso parece que me he conectado a otra realidad de la cual no puedo escapar. Sueño con muchas cosas, con mis padres, con la mujer que conozco y que funge como estela de luz en mi vida, como la premonición de mi destino. Sueño mucho con ella. Y no sé que viene ahora en mi vida donde he culminado el cierre de varios ciclos. Sin duda sé que se aproxima el amor.
Pienso mucho en el hombre sabio que alguna vez conocí, que decía que debemos estar atentos a los sueños, pues pasamos una gran parte de nuestra vida en ellos.
He soñado mucho.
Cuando regresé a entrenar a la alberca, sentí un gran poder y una gran fuerza que había adquirido. Tenía muchas más energías y nadaba con una gran potencia que no había sentido. Tengo ahora una gran energía impregnada en mi cuerpo.
La alberca, cuando regresé, me parecía un charco y las distancias de la rutina me parecían hechas para niños y bebés. Tenía soberbia en mi fuerza muscular y en todo el desempeño de mi cuerpo.
Había cambiado.
Siento premoniciones de triunfos y victorias.
Me siento mejor.
Tengo paz. Y creo que regresé justo por eso,
por amor, para amar a una mujer.
Escribí esto en honor a mi padre, que gusta leer mis pensamientos y que me estuvo motivando todo el tiempo a que impregnara en estas palabras, la travesía que sufrí.
Erick Xavier Huerta Sánchez
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